Una carta esencial

Una carta esencial

Por Kyra Galván

En México hay tantas escritoras como granos de arena en la playa. En las últimas décadas se han multiplicado geométricamente, particularmente jóvenes. Entre ellas las hay poetas, novelistas, ensayistas. Todas escribiendo con vehemencia y hablando de una diversidad de temas y preocupaciones; con diferentes estéticas y puntos de vista. Muchas protestan -y con razón- acerca de las injusticias que se viven en nuestro país. Específicamente sobre la violencia, la desigualdad y las prácticas discriminatorias existentes en contra de la mujer.

Si retrocediéramos unas cuantas décadas, nos encontraríamos con las mujeres de mi generación, la de la década de mediados de los cincuenta del siglo XX. A muchas otras y a mí nos tocó abrir brecha. No sólo en cuanto a formular teorías feministas y a hablar y escribir por primera vez de nuestros cuerpos y nuestra sexualidad, a rebelarnos en cuanto a las expectativas que los demás tenían sobre nosotras sino a vivir de manera diferente a nuestras madres y abuelas, a controlar nuestra fertilidad y poder decidir el número de hijos que deseábamos, o incluso, no tenerlos en absoluto. Sin embargo, aún luchábamos inconscientemente contra lo que Virginia Wolf en 1993 llamó el “Ángel de la casa” y que era el modelo heredado de mujer que se sacrifica a sí misma, dando todo a los demás. Y cuando digo “todo”, es todo: su tiempo, su talento, su amor, su dedicación, su cuerpo, su espacio, su comida. Navegamos un poco entre la negación y la afirmación.

Por otro lado, no podemos dejar de reconocer que a nosotras nos abrieron brecha unas cuántas mujeres que entonces podíamos contar con los dedos de una mano: Rosario Castellanos, Elena Garro, Enriqueta Ochoa, Elena Poniatowska, Pita Amor, entre otras. ¿Y a ellas, quién les abrió camino? Cierto, hubo mujeres pioneras en el siglo XIX que fueron periodistas, doctoras, abogadas, algunas cuantas conocidas, pero casi todas anónimas, que sufrieron todo tipo de represalias y obstáculos para ejercer su profesión y ser más que amas de casa o madres.

Habrá que remontarnos entonces, para saber si existió alguien aún antes de ellas, a un México más antiguo, más salvaje, más desigual y estamental: la Nueva España del siglo XVII. El sistema colonial ya estaba bien establecido y se encontraba en medio de la oscuridad dogmática y jerárquica de la iglesia católica. A pesar de esto, floreció una rosa entre cardos, una anomalía, una estrella que iluminó  la cerrazón eclesiástica: Sor Juana Inés de la Cruz, monja de velo y coro del Convento de santa Paula de san Jerónimo.  La mayoría conoce las anécdotas de su temprana educación, de su deseo incontrolable de aprender, de su genio, de sus intentos por asistir a la Universidad y de su profesión en el convento. Aunque no todos conocen los acontecimientos que se suscitaron unos tres años antes de su muerte y que dieron pie al mito de que Sor Juana tuvo una crisis de fe y de pronto decidió dejar las letras a las que se había dedicado toda su vida. Se concentró en la lectura de los libros sagrados, adoptó el cilicio y el flagelo, dio sus pertenencias a la limosna para volverse una santa. Nada más alejado de la verdad.

Cuando el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, le pidió a Sor Juana escribir una crítica a un “sermón del mandato” del jesuita Antonio de Vieyra, amigo personal del arzobispo Francisco de Aguiar y Seijas. Después de tres siglos no nos quedan claras las circunstancias de si Juana Inés se alió con el obispo para molestar indirectamente al arzobispo o si ella, ingenuamente y que parece ser lo más probable quedó atrapada en medio de una lucha entre titanes de la iglesia y salió perdedora. La crítica escrita por Sor Juana, fue publicada por el obispo de Puebla en noviembre de 1690, con una hipócrita amonestación añadida de su parte, para que la monja se dedicara a actividades menos mundanas, como sirviendo esto para que el obispo se lavara las manos, por si había repercusiones, y se curara en salud. Parece que la carta circuló extensivamente por toda la curia siendo la comidilla del momento y los ataques a Sor Juana no se hicieron esperar. Fue la entrada que muchos de sus enemigos y detractores estaban esperando para entrar en acción. Debieron ser despiadados. Entonces la monja jerónima reacciona y se defiende con argumentos. Escribe una obra que nos queda para la posteridad, una obra original y única: La Respuesta a Sor Filotea de la Cruz de la que dice Octavio Paz: “Manuel Fernández de Santa Cruz buscaba una retractación, pero la contestación de Sor Juana fue una refutación que todavía aguarda respuesta.” (1982, p. 550).

Carta atenagórica, Sor Juana Inés de la Cruz. Portada de la edición princeps de México, 1690.

Esta carta no sólo es un documento histórico que contiene los pocos datos autobiográficos que disponemos de Sor Juana sino que es una declaración de principios en su defensa y la de las mujeres. En este juego barroco de contrarios, de esconder y enseñar, de humildad y orgullo, de disfrazar la verdad con silogismos, la monja se disminuye al decir que es una “pobre mujer ignorante” para luego llenar el texto con latinajos perfectamente conjugados y citas de sabios de la antigüedad greco latina. No sólo defiende su amor por aprender que es algo que no puede controlar sino que se queja de haberse visto forzada a hacerlo sin maestro a quien preguntar ni condiscípulos con quienes comentar. Y luego, para reforzar sus argumentos, cita los casos de mujeres ilustres de la antigüedad: ¡mujeres paganas! Entre ellas a Aspasia de Mileto y a Hipatia de Alejandría, quien fue muerta nada menos que por una turba de fanáticos cristianos. Seguramente a los prelados de la iglesia no les hicieron gracia estas referencias. ¿Con quién se comparaba? ¿Quién se creía que era?

Sor Juana aduce que en el cristianismo primitivo las mujeres enseñaban y comentaban entre ellas las escrituras. Y alega, con toda la claridad que puede otorgar el manejo de la lógica, que la misma virgen María escribió versos, pues a ella se atribuyen los del Magnificat. ¿Si la virgen escribió, por qué no he de hacerlo yo? se pregunta. Si “llevar una opinión contraria de Vieyra fue mi atrevimiento… ¿mi entendimiento no es tan libre como el suyo?” le responde a Fernández de Santa Cruz. Finaliza proponiendo que las mujeres deben educarse por medio de ancianas sabias. Sor Juana tuvo que sufrir en carne propia las consecuencias de la bomba que soltó entre los prelados de la Iglesia católica, sujetos a una estricta jerarquía patriarcal, y al disgusto personal del arzobispo que era un acendrado fanático y misógino. Fue perseguida, hostigada y aplastada.

Cuando Elías Trabulse buscaba manuscritos de Carlos de Sigüenza y Góngora  en el Archivo de la Basílica de Guadalupe encontró un legajo no ordenado ni clasificado de los Decreta del Provisorato. En éste se encuentran las causas o instrucciones secretas que existían contra la vida religiosa, que prueba que existió un proceso secreto en contra de Sor Juana. Estos procesos se llevaban a cabo por causas disciplinarias, doctrinales y por infracciones morales (Trabulse, 1999), realizados en secreto el tribunal episcopal presidido por el provisor y el juez eclesiástico del Arzobispado. El juicio a Sor Juana terminó en 1694 con el fallo en su contra, lo que permitió al arzobispo expoliar todos sus bienes. El Derecho Canónico permitía en fallos contra un clérigo, fraile o monja, confiscar sus bienes antes y, después de su muerte, invalidar su testamento y los legados particulares que los enjuiciados hubieran hecho. Se dice que en vida le fueron confiscados libros, instrumentos astronómicos y alhajas y, en su muerte, las alhajas que quedaban en su celda y dos mil pesos que Sor Juana había dejado a su sobrina Isabel María de San José y a la muerte de Isabel, al convento.

Primera parte de Inundación castálida, obras completas de Sor Juana Inés de la Cruz (Madrid, 1689).

Juana Inés nunca dejó de luchar, de escribir, ni de leer. En realidad, fue la jerarquía misógina de una institución totalitaria y patriarcal la que la destruyó, abatió y silenció. La censuró porque era brillante, inteligente y había cometido varios pecados: ser rica, rebelde y libre de pensamiento, voluntad de aprender y ser mujer pensante. Es ella la causante primera de que haya tantas mujeres escritoras en México, como granos de arena en la playa, y a ella, le damos nuestro profundo agradecimiento.


Referencias

Paz, O. (1982). Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la Fe. Fondo de Cultura Económica.

Trabulse, E. (1999). La muerte de Sor Juana. Condumex.

Woolf, V. (1993). Killing the Angel in the House. Penguin.


Imagen

Adaptado de Carta atenagórica, Sor Juana Inés de la Cruz. Portada de la edición princeps de México, 1690[Imagen], por Sor Juana Inéz de la Cruz, 1690, Noticias e Información de la Presidencia (México), 2010, (https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Carta_atenag%C3%B3rica.jpg).

Adaptado de Primera parte de Inundación castálida, obras completas de Sor Juana Inés de la Cruz (Madrid, 1689)[Imagen], por Sor Juana Inés de la Cruz, 1689, Cervantes Virtual, 2010, (https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Fama_y_obras_p%C3%B3stumas_del_F%C3%A9nix_de_M%C3%A9xico.jpg).

Adaptado de Sor Juana Inés de la Cruz[Fotografía], por Axel Barceló, Flickr, 2011, (https://flic.kr/p/b82DSk).


La Lengua de Sor Juana es una revista bimestral del Centro de Posgrado y Estudios Sor Juana ©. Av. Las Palmas 4394, Las Palmas, 22106 Tijuana.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.