por Amy Benítez
El siguiente ensayo explorará la carta Respuesta a Sor Filotea de la Cruz con el fin de exponer cómo, aparte de ser una defensa del libre albedrío de la mujer a estudiar, es un texto en el cual sor Juana expone la hipocresía y el machismo dentro de la iglesia.
Es en la ciudad de Puebla de los Ángeles cuando, en 1690, aparece el folleto titulado: Carta atenagórica de la madre Juana Inés de la Cruz (Paz, 1993, p. 511) en el que sor Juana critica un sermón del padre Antonio Vieira. Esto provocó que el obispo Manuel Fernández de Santa Cruz, usando el pseudónimo de sor Filotea (p. 520), alabara su conocimiento, pero a la vez la acusara de haber descuidado sus deberes religiosos, pidiéndole que abandone la literatura y se dedique por entero a la religión, ya que el estudio de las letras podría conducir al pecado del orgullo y a la rebeldía, especialmente en las mujeres (Fernández de Santa Cruz, s. f.).
La posición de sor Filotea se basa en la interpretación tradicional de las palabras de san Pablo, que dictan: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. / Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre hombre, sino estar en silencio. / Porque Adán fue formado primero, después Eva” (Santa Biblia, 1 TI 2:11-13). Haciendo uso de este pasaje bíblico, sor Filotea acude al argumento de autoridad para justificar la exclusión de la mujer de roles públicos de enseñanza, aunque no niega que puedan estudiar. Asimismo alega que con ello intenta “prevenir el riesgo de elación en nuestro sexo, propenso siempre a la vanidad” (Fernández de Santa Cruz, s. f.). Pero ¿por qué estudiar habría de ser visto como vanidad en las mujeres? Y más aún, ¿por qué la mujer es más propensa a la vanidad que el hombre?
La Respuesta a Sor Filotea de la Cruz es un texto de carácter autobiográfico y de defensa de la mujer en el que sor Juana asegura poseer la preparación y el conocimiento intelectuales necesarios para hablar sobre los temas que en la época estaban reservados exclusivamente a los hombres, mientras que las mujeres no podían saber más que “filosofías de cocina” (De la Cruz, 2000, p. 57). A las palabras de sor Filotea sobre la vanidad basadas en san Pablo, sor Juana responde: “Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar, que fuera en mí desmedida soberbia, sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos” (p. 32).
En la carta sor Juana aclara que, si bien es muy devota del estudio, no lo hace con un fin vanidoso ni para vanagloriarse públicamente de su saber, sino que su deseo de aprender responde a una necesidad interna de entender el mundo y disminuir su ignorancia; estudiar es un acto personal e íntimo. Y advierte de las interpretaciones que ciertos hombres con poco conocimiento hacen sobre la Biblia aferrándose al Mulieres in Ecclesiis taceant [que las mujeres callen en la Iglesia] para justificar que las mujeres no deben hablar ni participar (De la Cruz, 2000, p. 69).
Sin embargo, sor Juana da muestras de su capacidad al tomar la objeción positivamente, diciendo que, en efecto, mientras se aprende es necesario callar, y que las palabras de san Pablo Mulier in silentio discat [una mujer debe aprender en silencio] se pueden entender de dos formas: de lo material de los púlpitos y cátedras o de lo formal de la universalidad de los fieles, que es la Iglesia (De la Cruz, 2000, p. 69). Así, continúa el diálogo: “Si lo entienden de lo primero, que es (en mí sentir) su verdadero sentido, pues vemos que, con efecto, no se permite en la Iglesia, que las mujeres lean públicamente ni prediquen, ¿por qué reprenden a las que privadamente estudian?” (pp. 69-70). En otras palabras, si las mujeres ya tienen prohibido el acceso a ciertas formas públicas de actividad intelectual o religiosa, la reprehensión de estudiar en privado es infundada, ya que no figura en las palabras de san Pablo, además de que se trata de un espacio que no rompe con las normas establecidas ni hace mal a nadie.
Con respecto al segundo modo de entender la cita, donde ni en lo secreto se le permite escribir ni estudiar a la mujer, sor Juana refiere cómo la Iglesia ha permitido que religiosas que luego fueron canonizadas, e incluso otras que no, escriban y publiquen sus escritos. Por tanto, la prohibición se limita al púlpito, pues bien dice sor Juana que si el Apóstol prohibiera el escribir, no lo permitiría la Iglesia (De la Cruz, 2000, p. 70).
Si tanto la mujer como el hombre son creaciones de Dios y ambos son iguales ante los ojos de él (Santa Biblia, GN 1: 27), entonces el hombre será, en general, tan vanidoso como la mujer. En todo caso, cualquier inclinación humana no debería ser atribuida exclusivamente a un género. De aquí que sor Juana destaque “tantas y tan insignes mujeres” que ve: “unas adornadas del don de profecía, como una Abigaíl; otras de persuasión, como Ester; otras, de piedad, como Rahab; otras, de perseverancia, como Ana, madre de Samuel; y otras infinitas, en otras especies de prendas y virtudes” (De la Cruz, 2000, p. 58).
El prejuicio de la época y de la religión contra la mujer por ser el “sexo débil” y haber sido formada de la costilla de Adán (Santa Biblia, GN 2: 21-22) supone que no tiene el mismo valor ni la misma capacidad que el hombre, debido a que es una extensión suya y no un ser individual pensante. Al nombrar las figuras femeninas bíblicas que han sido bendecidas con algún don de Dios, sor Juana señala la forma de sabiduría de cada una de ellas y afirma, por tanto, que la mujer es un ser independiente del hombre, un ser pensante que no necesita de su aprobación para desarrollarse libremente en el conocimiento, la fe o el arte.
Sor Juana resume su argumentación:
El leer públicamente en las cátedras y predicar en los púlpitos, no es lícito a las mujeres; pero […] el estudiar, escribir y enseñar privadamente, no sólo les es lícito, pero muy provechoso y útil; claro está que esto no se debe entender con todas, sino con aquellas a quienes hubiere Dios dotado de especial virtud y prudencia y que fueren muy provectas y eruditas y tuvieren el talento y requisitos necesarios para tan sagrado empleo. (De la Cruz, 2000, p. 61)
Hay que tener en claro que sus observaciones a favor de que la mujer estudie y se ejercite en actividades de enseñanza particular se enmarcan dentro de las costumbres de su época. Y cuando dice que no todas las mujeres son llamadas a estas actividades, sino solo aquellas que han sido dotadas por Dios, refuerza su postura de que el acceso al conocimiento debe estar basado en el talento y la vocación individual, no en el género. Esto le parece tan justo, que:
No sólo a las mujeres, que por tan ineptas están tenidas, sino a los hombres, que con sólo serlo piensan que son sabios, se había de prohibir la interpretación de las Sagradas Letras, en no siendo muy doctos y virtuosos y de ingenios dóciles y bien inclinados. Porque de lo contrario creo yo que han salido tantos sectarios y que ha sido la raíz de tantas herejías; porque hay muchos que estudian para ignorar, especialmente los que son de ánimos arrogantes, inquietos y soberbios. (De la Cruz, 2000, p. 61)
En conclusión, sor Juana critica la tendencia de los hombres que se juzgan automáticamente sabios o competentes solo por su género, y, junto con ella, la noción de la sabiduría como propiedad exclusiva de la masculinidad. Pero el verdadero conocimiento debe ser evaluado en función de la preparación, el estudio y la capacidad. En ello va una denuncia indirecta a la hipocresía de la Iglesia y el sistema patriarcal que reservaba la educación a los hombres considerando a las mujeres incapaces. A la vez que encarna la idea de la “mujer virtuosa” descrita en Proverbios (31:10), pero en un nivel intelectual y espiritual que, aun en las tareas domésticas propias de las mujeres, sigue descubriendo conocimientos (De la Cruz, 2000, pp. 56-57) y, a pesar de que se le atribuyen limitantes, es capaz de sobreponerse a las dificultades que presenta ser mujer.
Referencias
Fernández de Santa Cruz, M. (s. f.). Carta de Sor Filotea. (Luis López Nieves, Ed.). Ciudad Seva. https://ciudadseva.com/texto/carta-de-sor-filotea-de-la-cruz/
De la Cruz, S. J. I. (2000). Respuesta a Sor Filotea (carta atenagórica). Editores Mexicanos Unidos.
Paz, O. (1993). Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe. Seix Barral.
Santa Biblia. (1960). RVR.
